EXPOSICIÒN RETROSPECTIVA DEL ARTISTA JUANCARLOS ÑAÑAKE "EL TRAZO DE LA MEMORIA"

                    RETROSPECTIVA     1985 - 2026  EXPOSICIÒN                       INAUGURADA EN EL MUSEO VICUS DE PIURA

EN EL MARCO DEL ANIVERSARIO DE FUNDACIÒN DE LA CIUDAD DE PIURA

Del 09 al 31 de agosto de 2026


Paisaje, 30 x 50 cm 

Ñañake 1985


PROLOGO

EL SONIDO DE LOS PASOS

 Pensar sobre el pasado es, esencialmente, un gesto de oposición y recuerdo. Publicar este catálogo y concretar esta exposición retrospectiva no es únicamente abrir las puertas de una galería; es revelar treinta y dos años de un trayecto continuo a través de la materia, las líneas y el color. Esta exposición celebra mis treinta y dos años de trayectoria artística, un recorrido que comenzó con la seriedad y la esperanza de mis años de estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes Ignacio Merino de Piura, y que hoy persiste con la misma intensidad del primer día. A lo largo de estas más de tres décadas, mi lenguaje visual ha requerido crecer y experimentar sin descanso. Hecha con un enfoque retrospectivo, esta publicación compila las distintas etapas de mi creación artística.

 En estas páginas conviven la textura y el color de la pintura; la rigurosidad conceptual y técnica del grabado y la xilografía; la cercanía del dibujo; los volúmenes de la escultura; y el registro fotográfico de mis intervenciones murales, que siempre buscaron devolver el arte al ámbito público y comunitario. El camino va desde aquellas primeras búsquedas personales en las aulas del glorioso Colegio Nacional de San José en Chiclayo —mi ciudad natal— y los momentos académicos de los años noventa, hasta mis obras más recientes: la serie pictórica dedicada a los inmigrantes.

 En estas últimas obras, el discurso ancestral que ha orientado siempre mi trabajo se confronta directamente con el desarraigo, la resiliencia y la dimensión humana de quienes cruzan las fronteras de nuestra época. Es una visión actual de una memoria que permanece en continuo cambio.

Este camino, marcado por cincuenta y cuatro exposiciones individuales realizadas en Perú y en diferentes partes del mundo, no habría sido posible en la soledad del estudio. El arte es una trama compartida. Por eso, mantengo un agradecimiento profundo e infinito hacia mi familia, cuyo apoyo incondicional y constante ha sido el refugio seguro en tiempos de incertidumbre. Mi agradecimiento eterno se extiende igualmente a mis maestros y profesores, quienes supieron orientarme y avivar la chispa crítica; así como a mis amigos de camino, coleccionistas y galeristas que apostaron por mi obra y confiaron en mi visión desde el principio.
Por último, ofrezco un profundo agradecimiento a los críticos de arte y comentaristas. A lo largo de estos treinta y dos años, a través de sus escritos, análisis y críticas, han reflexionado y conversado sobre mi trabajo, contribuyendo a su proyección y difusión en la cultura.
A cada uno de ustedes, y a los espectadores que hoy dan significado a estas obras con su visión, les ofrezco este esbozo de mi memoria.

 Juancarlos Ñañake Torres

Artista Visual, agosto de 2026






         Trabajos , Dibujos Carbòn sobre cartulina, Ñañake 1989






     Dibujos, Carbón y grafito sobre papel, dimensiones 60 x 37 cm.
                                                                Realizados por Ñañake, en la Escuela Superior de Arte Ignacio                                                                  Merino en el año 1992, en Piura.



Ñañake: guerrero eólico en el escenario de la tragedia cautiva

 Por: (Juan Rodolfo López Ávila)

Artista visual y crítico de arte. Lima, 2026

Ñañake no pinta cuadros: levanta altares. No esculpe objetos: convoca presencias. Su instalación es guerra interior vuelta espacio, habitus vuelto desierto. Es uno de los «guerreros eólicos» que Juan Acha pedía para América Latina: de los que reestructuran el pasado desde sus choques —pre-América a la colonia, la colonia a la república, la república al tercer mundo— para no repetir la escisión estética que nos quebró. Juan Carlos Ñañake Torres (Chiclayo, 1971) egresó de la Escuela Superior de Bellas Artes Ignacio Merino de Piura en 1994 con una certeza: el arte visual del siglo XXI ya no puede ser contemplación; debe ser un campo de batalla contra la tragedia cautiva. Gaza en tiempo real, las Torres Gemelas, el Baguazo, el sicariato, las fosas comunes de los Andes y los dieciséis mil desaparecidos entre 1980 y 2000. La tragedia humana dejó el teatro griego y se metió a las redes sociales; Ñañake la saca de la pantalla y la encierra en el muro, en el patio, en la sala. La hace habitable.

 La ruta del demiurgo: del barrio José Olaya al mito rostrificado

Su biografía no es anécdota: es método. Hijo de un carpintero ebanista de Mochumí y de madre chongoyapana, creció en el barrio José Olaya de Chiclayo dibujando y escribiendo porque no había más. Gracias a su hermano José, viajó a Piura en 1990 e ingresó en el segundo puesto a Bellas Artes sin conocer la ciudad, pero sabiendo perfectamente quién había realizado el mural del Museo Brüning. Desde el primer taller firmó «Ñañake» con «k»: un gesto fundacional. No es un capricho ortográfico; es una declaración de guerra al colonialismo cultural que Juan Acha denunciaba. Es despojarse de la «qu» castellana para reclamar la fonética moche. La academia de los noventa fue rígida y competitiva, pero fértil: cae el Muro de Berlín, muere Dalí, Warhol llega al MoMA y Octavio Paz gana el Nobel. En Piura, Ñañake aprende con Ricardo Ramos Arrunátegui que la historia del arte es un arma. Mientras Lima centraliza, Piura sobrevive a punta de rótulos pintados a pulso porque no existía la gigantografía. Esa precariedad es su estética: Ñañake no delega el muro a la máquina; lo construye con adobe, con veladura áspera, con tierra que el viento no puede llevarse.

 Lo visible en la condición de tragedia: de Eco a Vattimo

Ñañake trabaja desde la ecoestética que Umberto Eco defendía: no desde el juicio dogmático, sino desde la comprensión crítica. Su instalación no es un artefacto para vitrina; es una apreciación ambiental donde el espectador interpreta con el cuerpo. Asimismo, trabaja desde el «pensamiento débil» de Gianni Vattimo: el ser es apertura de horizontes, no un orden impuesto. Su obra pertenece a los excluidos de las clases dominantes, a aquellos a quienes la tragedia cautiva les robó el nombre, el rostro y la fosa. Por eso su lenguaje no banaliza: ritualiza.

Desde 1994, investiga estético-etnográficamente. Toma dioses mesoamericanos, quipus, geometría nazca, soles y lunas cuadraturales, y los lleva al muralismo urbano de Yortuque y Toro Muerto. Recoge evidencias del pasado remoto en comunidades rurales del Perú para despertar el diálogo allí donde la violencia está enmarcada por la destrucción simbólica. Pinta Homenaje a los desaparecidos, Fosa común o Vendedor de angelitos: el blanco actúa como un grito de ausencia de paz, mientras que el rojo se presenta como una textura espeluznante de agresividad social. No ilustra a las víctimas: las dignifica. Como evoca la Ley n.º 28592, la «víctima» no es un ser frágil; es una condición política. Ñañake la vuelve una condición estética.

 La instalación como síntesis: tragedia, mito y política

Hay política porque hay conflicto, dice Claude Lefort; hay tragedia porque el conflicto es insoluble. Ñañake instala ese conflicto. Sus espacios no terminan bien: terminan en pregunta. Alto y bajorrelieve, dibujo, pintura, escultura y arquitectura efímera coexisten en su propuesta. El mural no es una mole agresiva: es una cosmovisión de belleza y antibelleza. Como en Altamira, como Miguel Ángel o como los muralistas mexicanos, Ñañake cuenta la historia del hombre a través del hombre. Sin embargo, su símbolo-hombre está fragmentado: torsos partidos, vientres injuriosos y brazos mutilados por la historia. Es un expresionismo con memoria moche. Usa el mito como Nietzsche pedía: para hacer nacer lo dionisíaco.

Su instalación es un ejemplo significativo que habla en símbolos del conocimiento trágico: la rueda que no gira, la escalera que no sube y los rostros divididos por linealidades. Evoca aquel tiempo definido donde no se construyeron templos por antonomasia, sino comunidades; una época donde ya se conocían las distancias entre la Luna y la Tierra mientras Europa aún quemaba brujas.

Contra la escisión estética de América Latina, Juan Acha exigía reestructurar el pasado según continuidades y diversidades. Ñañake lo hace: no se vuelve absolutamente moderno para abandonar lo americano, ni se transforma en arqueólogo para dejar de ser contemporáneo. Como advertía Ramón D. Faraldo, ese es el destino problemático del creador continental. Ñañake lo resuelve: su modernismo estético descifra la libertad del mundo evolutivo indoamericano. Su geometrismo realista no desaparece el objeto iconográfico: lo estiliza, lo prolonga y lo vuelve polifonía. Trabaja con los seis mil quinientos sitios de entierro clandestino desperdigados en los Andes como materia; con el Baguazo como incomprensión vigente; con el sicariato como un delito que elige su lugar con ventaja; y con las Torres Gemelas como una catástrofe natural del capital. Todo entra a su instalación para salir convertido en un canto a los desaparecidos.

  

 El habitus del duelo

Las instalaciones de Ñañake son la respuesta a Juan Acha cincuenta años después. América Latina sigue en busca de una identidad, y él propone una: la del guerrero eólico que se juega el todo por el todo desde su guerra interior. Es un artista germinativo, seguro del universo que busca y esencial al momento de proponer tareas desde la pintura, el muro y el espacio. No pidamos que Ñañake seccione su proceso creativo al libre albedrío; como decía él mismo en la academia, el artista es autónomo e intransferible en su tránsito. Su contribución no es opinar: es crear. Y lo que crea es el santoral del respeto donde los aguerridos encuentran respuesta.

Entrar a una instalación de Ñañake es sumergirse en la fáctica relación de comunicación existencial que nos une desde las cavernas. Es transitar el mito rostrificado con la piel curtida de los años; es comprender que las voces de América son puntos cardinales de una estética fecunda que no olvida sus raíces ni en su mínima expresión.

Aquí no se mira: se habita.
Aquí la tragedia está cautiva, pero no muerta.
Aquí el desierto habla.
Y Ñañake es su profeta eólico.

 Tragedia cautiva: el habitus del duelo en la obra de Ñañake

El hombre del siglo XXI habita un escenario saturado de tragedia en tiempo real. Las redes sociales son la vía inmediata por donde el dolor ajeno se vuelve doméstico: Gaza, las fosas clandestinas, el sicariato o el Baguazo. La tragedia dejó de ser un mito griego para convertirse en un scroll infinito. En ese contexto, las instalaciones de Juan Carlos Ñañake Torres (Chiclayo, Lambayeque, 1971) no representan la tragedia: la encierran, la cautivan y la obligan a rendir cuentas. Ñañake egresó de la academia en la década de 1990 con una pregunta humanista que no lo suelta: ¿cómo se pinta lo que no tiene nombre? Desde entonces, su obra es una investigación estético-etnográfica sobre la «tragedia cautiva»; no la tragedia como espectáculo, sino como condición estructural, como habitus del duelo latinoamericano. Guerras mundiales, desapariciones forzadas, las Torres Gemelas, el terrorismo en el Perú, Bagua o las extorsiones: todo entra a su taller para salir convertido en ritualidad existencial.


NN. Òleo sobre lienzo, Ñañake

 Lo visible en la condición de tragedia

Para Ñañake, la instalación es la forma política del arte. No basta el lienzo cuando lo que se quiebra es el tejido social. Por eso, desde 1994 trabaja el espacio: muralismo en Yortuque y Toro Muerto, alto y bajorrelieve, dibujo, pintura, escultura y arquitectura efímera. El soporte es el muro, la plaza, la memoria; su lenguaje no decora: interroga. Toma de Umberto Eco la idea de «apreciación ambiental»: el arte no es objeto, es un proceso de interpretación crítica. Ñañake no emite juicios dogmáticos; despliega una ecoestética donde el espectador debe comprender, no consumir. Asimismo, toma de Gianni Vattimo el «pensamiento débil»: su obra pertenece a los excluidos de las clases dominantes, a aquellos a quienes el orden establecido quiere callar. Por eso su estética es polifónica, no autoritaria: no impone belleza, exhibe la herida.

 La simbología del grito blanco

Ñañake ritualiza la tragedia. Series como Homenaje a los desaparecidos, Fosa común, Vendedor de angelitos o Vendedor de amuletos usan el blanco no como pureza, sino como la potencia del grito, una ausencia de paz. Sobre ese blanco, disgrega el rojo como una textura espeluznante: marcas delirantes de agresividad social. El color no ilustra: acusa. Su geometrismo realista no desaparece al sujeto iconográfico; lo fragmenta para que no podamos mirar a otro lado. Rostros divididos por linealidades, vientres injuriosos y brazos mutilados por la historia. Es un expresionismo con memoria. Como Goya, Guayasamín, Munch o Picasso, Ñañake entiende que la forma debe ser vulnerada cuando la realidad ya fue vulnerada primero.

    Fosa Común, Óleo sobre lienzo, Ñañake 2006

 Víctima no es fragilidad: es condición

La Ley n.º 28592 define «víctima» desde lo jurídico; Ñañake la redefine desde lo estético. Para él, nombrar la condición de víctima es ligar el arte a la violencia cautiva y a los procesos legales infinitos que nunca reparan. Por eso pinta tótems gobernados por símbolos polifónicos: no para victimizar, sino para dignificar. Los sobrevivientes no son frágiles; son evidencia. El arte de Ñañake no consuela: incomoda, porque la palabra «víctima» es innegable y el dolor por la injusticia social sigue ahí.

 Mito, tragedia y conflicto insoluble

Hay política porque hay conflicto, decía Claude Lefort; hay tragedia porque existen sistemas morales contrapuestos sin resolución. Ñañake lo sabe. Sus instalaciones tematizan ese conflicto extremo que «termina mal»: la Segunda Guerra Mundial con ochenta y cinco millones de muertos, los dieciséis mil desaparecidos del Perú entre 1980 y 2000, los seis mil quinientos sitios de entierro clandestino en los Andes, el Baguazo, el 11-S o el sicariato como empresa. Sin embargo, no hace panfleto: hace mito. Y como decía Nietzsche, la música —aquí, la polifonía visual— hace nacer el mito trágico, aquel que habla en símbolos del conocimiento dionisíaco. Ñañake usa la ironía de la imagen subjetiva como un arma para «gritar estéticamente». Su tragedia cautiva no busca lágrimas fáciles: busca que el espectador entienda que la catástrofe es estructura, no accidente.

 De las culturas vivas a la instalación contemporánea

Su investigación no es de archivo: es de campo. Recoge evidencias del pasado remoto en comunidades rurales, estudia dioses mesoamericanos, quipus, geometría nazca, soles y lunas cuadraturales. Todo eso entra al mural, a la instalación, al objeto: la rueda que no gira, la escalera que no sube, el tiempo definido. Ñañake no hace arqueología: hace contemporaneidad con raíces. Por eso su obra dialoga con Szyszlo en el subsuelo estético, pero sin silencio oligárquico; con Eielson en los nudos, pero con la tierra adentro.

  

 

La ética del espacio

El artista visual Ñañake no pide permiso para ser moderno ni para ser americano. Como decía Ramón D. Faraldo, el destino del creador americano es problemático si renuncia a una de las dos condiciones; Ñañake no renuncia: fusiona. Su instalación es un territorio sui generis donde la historia de nuestros ancestros habita en fantasías modernas. En plena posmodernidad, su debilidad humana se vuelve fuerza estética. Su rebeldía microscópica configura un esquema semiótico de las culturas vivas agredidas por la violencia cautiva. No banaliza, no ilustra: encierra la tragedia y la obliga a mirarnos.

Entrar a una instalación de Ñañake es aceptar que la tragedia no es una noticia: es habitus. Y que el arte, cuando es honesto, no adorna el mundo: lo desentierra.

 Volver del pasado: la primera tragedia cautiva de Ñañake

En 1998, cuando el Perú todavía suturaba las heridas del terror y se blindaba el orden político, Juan Carlos Ñañake Torres montó en Piura la primera instalación que entendió el habitus como un circuito eléctrico. Volver del pasado y ser señor no fue una simple exposición: fue una invocación. Dos mil adobes, diez mantos pintados, espejos, lienzos, un sistema de focos rojos que se encendían al pisar y un televisor con un video de tres minutos sobre el Señor de Sipán. El público no miraba la obra; la activaba con el peso de su cuerpo. La tragedia se encendía y se apagaba con cada paso.

 El adobe como carne de la memoria

Ñañake ya sabía en 1998 lo que Juan Acha pedía para América Latina: reestructurar el pasado desde sus choques. No colgó cuadros sobre muros blancos: levantó muros de adobe para devolverle a Piura su materialidad moche. Dos mil bloques apilados funcionaron como fosa común y como templo; no era una escenografía, era una arquitectura del duelo. El adobe, materia que nace y duele, sostenía mantos donde el dibujo a carbón abría ventanas a la tela. Como afirmó el crítico Jorge Bernuy: «construcción cromática en parte densa, con toda una geografía de texturas, rasgos, pliegues, círculos discontinuos».





El espectador como interruptor de la tragedia

La genialidad fue eléctrica y ética. Con focos rojos bajo los pies, caminar significaba iluminar dibujos de guerreros, de decapitados o de dioses; parar significaba la oscuridad. Ñañake convirtió al visitante en cómplice del ritual. La luz no era cenital ni dramática: era intermitente, precaria y dependiente del cuerpo vivo. Así, años antes de que se hablara masivamente de ecoestética en el país, Ñañake ya realizaba una apreciación ambiental: la obra no existe sin tu pisada. La tragedia cautiva no se contempla; se pisa.

Los espejos devolvían el rostro fragmentado del público entre los mantos. El video de tres minutos sobre el Señor de Sipán, reproducido en loop cada cierto intervalo, cerraba el círculo: del VRAEM a Lambayeque; del pasado remoto al presente de 1998. Volver del pasado y ser señor no era nostalgia: era un programa político. Buscaba rescatar los valores ancestrales de nuestras culturas preíncas para enfrentar el tercermundismo que Acha fechaba desde 1950 hasta la actualidad.

Piura, 1998: allí nace el guerrero eólico. Esta quinta exposición individual de Ñañake, reseñada por Milton Calopiña el 22 de noviembre de 1998, es la partida de nacimiento de su lenguaje instalativo. Egresado con el primer puesto de la Escuela Superior de Bellas Artes Ignacio Merino, con premios en pintura y escultura, Ñañake pudo quedarse en el bastidor; sin embargo, eligió el adobe. Pudo exponer en Lima y quedarse; prefirió Piura, el Vicús y el barro. Ya estaban ahí todas sus obsesiones: la vibración y disonancia de color que Bernuy señaló, la melodía y el ritmo en la articulación del espacio, el chorreado sobre la línea y la memoria como hallazgo rectangular. Ya estaba el «Ñañake» con «k» que firmaba desde primer año. Ya estaba el niño del barrio José Olaya que no conocía el monumento a Grau, pero sí el mural de Genaro Martínez Silva en el Museo Brüning. Ya estaba el artista que entiende que ser señor en el Perú es cargar con los muertos y con los dioses.

 Por qué importa hoy, en 2026

Volver del pasado y ser señor anticipó veintiocho años de debate: ¿cómo se representa la violencia sin espectacularizarla?, ¿cómo se habla de los desaparecidos sin revictimizar?, ¿cómo se hace arte contemporáneo sin traicionar lo indoamericano? Ñañake respondió en 1998: con adobe, con el cuerpo del otro como interruptor, con el rojo como herida intermitente y con el video como mito en loop. Esta instalación es la raíz de su «tragedia cautiva». Después vendrán Yortuque, Toro Muerto, las fosas y los homenajes; pero aquí, en el Museo Municipal Vicús, con olor a barro y cables bajo los pies, Ñañake funda su estética: el arte no adorna el pasado, lo resucita para que nos juzgue. Entrar era fácil; salir, no. Porque cada foco que prendiste sigue encendido en tu habitus.

 Listado curatorial para exposición retrospectiva:

Instalaciones de Juan Carlos Ñañake Torres (1994-2023)

De la mesa de brujo a la germinación del maíz: 29 años de tragedia cautiva

 CRONOLOGÍA DEL HABITUS: ÑAÑAKE Y EL RITUAL DEL ESPACIO

Las instalaciones de Juan Carlos Ñañake Torres no son eventos aislados: son estaciones de un mismo vía crucis eólico. De 1994 a 2023, del Club Grau de Piura al Centro Cultural del Banco de la Nación en Trujillo, Ñañake construye una sola obra desmontada y vuelta a montar: el habitus de la tragedia latinoamericana. Su soporte cambia —adobe, mantos, velas, maíz, tela, pared, calle—, pero la obsesión es idéntica: encerrar la tragedia para que no se escape, ritualizarla para que no nos mate.

 1994-2000: FUNDACIÓN DEL RITUAL

 1. Mesa de brujo, 1994, Club Grau, Piura.

Microinstalación, dimensiones variables.
Aquí nace todo: la mesa como altar, el brujo como chamán del arte. Ñañake entiende antes que nadie que la instalación no es grande por su tamaño, sino por su carga simbólica. Esta mesa de curandero norteño se vuelve la primera trinchera contra el olvido.

2. Volver del pasado y ser señor, 1998 (42 m²), Museo Municipal Vicús, Piura / 1999 (30 m²), Banco Wiese, Chiclayo.
Instalación fundacional.
Dos mil adobes, diez mantos, espejos, focos rojos que el público enciende al pisar y un video sobre el Señor de Sipán. El espectador funciona como interruptor; la luz es precaria. El pasado se vuelve señor solo si lo pisas. Aquí Ñañake define su método: el cuerpo del otro activa la obra. La tragedia no se mira: se camina.

3. Sucesos, 1998, Club Grau, Piura.
Veinte fotografías intervenidas (30 × 10 cm).
La imagen como evidencia profanada; realidad manipulada. Es el primer indicio de que para Ñañake la fotografía no documenta: acusa.

4. Homenaje a las últimas víctimas, 1999 (30 m²), Museo Municipal Vicús, Piura / 2000 (20 m²), Biblioteca Municipal, Chiclayo.
El título lo dice todo. No hay primeras víctimas porque la tragedia es cíclica; son «últimas» porque siempre habrá otras. Ñañake instala el duelo antes de que el Estado instale la placa: el arte llega antes que la justicia.

5. Réquiems a las últimas víctimas, 1999 (12 m²), Galería de la SUNAT, Piura.
Microinstalación.
El réquiem no es música: es espacio. Doce metros cuadrados de silencio fiscal donde el Estado cobra impuestos, pero Ñañake cobra memoria.

6. Maskaras, 1999, Galería de la SUNAT, Piura.
Siete polos de algodón intervenidos con óleo y aplicaciones.
La máscara no oculta: revela. El cuerpo-vestimenta actúa como soporte del mito rostrificado. El arte baja del muro al torso.

7. Raíces, 2000, Centro Cultural de la Escuela Nacional Superior Autónoma de Bellas Artes, Lima.
Galería intervenida, 350 dibujos (dimensiones variables).
La raíz no respeta formatos. La Lima centralista ve por primera vez que el norte también es un rizoma. Trescientos cincuenta dibujos que operan como trescientos cincuenta desaparecidos: el papel concebido como fosa común simbólica.

 2001-2007: EXPANSIÓN DEL DUELO

 8. Homenaje a los desaparecidos, 2001 (18 m²), Centro Cultural Yukio Mishima, Buenos Aires (Argentina).

Pared intervenida, 370 dibujos.
Ñañake exporta la tragedia. Trescientos setenta dibujos son trescientas setenta veces en que Argentina y el Perú se miran en el mismo espejo de la desaparición forzada. El muro de Buenos Aires se vuelve el quipucamayoc del dolor latinoamericano.

9. Reforestar, 2002, Piura.
Intervención urbana en veinticinco paredes / Galería del Instituto Nacional de Cultura (INC), Piura.
La instalación sale a la calle: veinticinco paredes de Piura reforestadas con arte. No siembra árboles: siembra memoria. La ciudad es galería y la galería es registro. Es la primera vez que Ñañake entiende que el adobe no habita solo en el museo: está en la esquina.

10. Homenaje a María Reiche, 2003, Museo Municipal Vicús, Piura.
Tres cajas (50 × 35 × 10 cm) con dibujo y tierra de tres ciudades.
La arqueóloga alemana que midió Nazca cabe en una caja. Ñañake guarda tierra como se resguarda la reliquia de un santo: el objeto artístico como relicario laico.

11. Renacer, 2007, Centro Cultural Alberto Quintanilla de la UTP, Lima.
172 dibujos, 115 velas y 12 telas colgantes.
La cifra no obedece al azar: ciento setenta y dos dibujos como los años transcurridos desde la independencia; ciento quince velas como los años de una república fallida. Las telas cuelgan como ahorcados o como ángeles. Lima constata que el renacimiento no es blanco renacentista: es vela chorreada sobre el dibujo.

 2023: LA GERMINACIÓN

 12. De la muerte a la vida, 2023, Centro Cultural del Banco de la Nación, Trujillo.

Instalación en homenaje a las últimas víctimas.
Cincuenta dibujos a tinta sobre cartón, cincuenta velas rojas, tierra agrícola, maíz germinado y quince esculturas blandas de tela. Veintitrés años después de su primer Homenaje a las últimas víctimas, el círculo se cierra; pero ahora la tierra no es una fosa: es una chacra. El maíz germina sobre el cartón dibujado y las esculturas blandas ya no son cuerpos mutilados: son cuerpos que abrazan. De la vela roja al grano verde; de la muerte a la vida sin escalas en el perdón oficial.

 TRES CONSTANTES EN 29 AÑOS DE INSTALACIÓN

  1. El espectador como materia
    Desde los focos de 1998 que se encendían al pisar hasta el maíz de 2023 que crece con la respiración de la sala, Ñañake no hace obra para ser vista: hace obra para ser activada. Sin cuerpo no hay instalación; sin pisada no hay luz; sin aliento no hay germinación.
  2. La escala variable como ética
    Microinstalación en 1994, 42 m² en 1998, 12 m² en la SUNAT, veinticinco paredes en la calle o trescientos setenta dibujos en Buenos Aires. Ñañake no mide por metros: mide por urgencias. Cuando el dolor es íntimo, elabora una mesa de brujo; cuando es colectivo, toma la ciudad. La tragedia dicta el formato.
  3. La tragedia cautiva como método
    El Homenaje a las últimas víctimas se repite en 1999, 2000 y 2023. No es falta de ideas: es una tesis. La tragedia en el Perú no se supera, se acumula. Por eso Ñañake vuelve, reinstala y reza el mismo réquiem con materiales distintos: adobe en 1998, velas en 2007 y maíz en 2023. Del barro a la semilla, pero siempre víctimas; siempre últimas; siempre cautivas.

EL GUERRERO EÓLICO NO SE JUBILA

Juan Acha pedía en 1995 reestructurar el pasado desde sus choques. Ñañake lleva treintaidos años haciéndolo con las manos. No ilustra la escisión estética de América Latina: la sutura con adobe, con mantos, con velas y con maíz. Su instalación es el archivo ignominioso de un país que desaparece gente y luego desaparece expedientes. 

Por eso Mesa de brujo en 1994 ya era política; por eso Reforestar en 2002 ya era urbanismo; por eso De la muerte a la vida en 2023 ya es agricultura. Ñañake no expone: convoca. No decora: desentierra. No representa víctimas: las siembra. Y cuando el maíz de Trujillo germine sobre los cincuenta dibujos, entenderemos que la única forma de volver del pasado y ser señor es volverse tierra.

 Juan Rodolfo López Ávila

Artista visual y crítico de arte. Lima, 2026



ÑAÑAKE: EL TRAZO DE LA MEMORIA

Por: Francisco Mauricio Ortiz

Artista Visual - Piura, agosto 2026

Juan Carlos Ñañake nos presenta una exposición de grabado con carácter retrospectivo, en la que es posible apreciar los diversos momentos de su desarrollo creativo dentro de esta disciplina. Es importante señalar que el artista estudió en la Escuela Superior de Bellas Artes Ignacio Merino de Piura (promoción 1994). Posteriormente, durante su estancia en Buenos Aires (Argentina), continuó su formación en el Museo Nacional de Grabado. El propio Ñañake destaca que inició su camino en el grabado en 1996 a través de la xilografía, técnica que le permitió un primer acercamiento sólido; años más tarde, cofundó el Taller de Grabado Tallán de Piura.

El título de la muestra, ÑAÑAKE: El trazo de la memoria, posee una profunda significación. En una época marcada por el vertiginoso avance de la ciencia y la tecnología, existe el riesgo de relegar el pensamiento crítico y la memoria, especialmente la histórica y social. En este contexto, la obra de Ñañake se erige como una afirmación de la memoria como sustento de identidad.

El artista mantiene una línea temática vinculada a sus raíces históricas y sociales. Sus iconografías y personajes construyen un discurso estético que revela una honda identificación con los ancestros. Asimismo, su lenguaje visual, de carácter moderno, transmite fuerza y convicción, evidenciando una postura personal sólida frente a su entorno cultural.

Desde el punto de vista técnico, el trabajo de Ñañake puede entenderse en dos etapas. La primera gira en torno a la xilografía, donde la iconografía moche adquiere protagonismo. En este periodo inicial, las formas parecen flotar en el espacio compositivo, logrando un equilibrio en el que los aspectos semánticos, sintácticos y pragmáticos dialogan armónicamente.

Posteriormente, tras su experiencia en Buenos Aires, fundó en Piura - junto con otros artistas y bajo la dirección del recordado maestro Juan Sánchez Vásquez - el Taller de Grabado Tallán; allí el artista consolida su dominio del aguafuerte. En esta técnica alcanza una notable soltura y llega a una síntesis simbólica, como se aprecia en la obra Jefes indios, donde el uso preciso de líneas y trazos genera una potente expresividad.

El aguafuerte se convierte en la técnica predominante en su producción. A través del manejo de luces, sombras y una rica gama de medios tonos, el artista logra capturar la atención del espectador e introducirlo en su universo visual. Obras como El canto a la paz latinoamericana adquieren una vigencia especial en el contexto actual, marcado por tensiones que afectan la paz global.

 

Finalmente, los grabados de Juan Carlos Ñañake logran una fusión armónica entre realidad y fantasía, reafirmando la vigencia del grabado como un medio de expresión plenamente contemporáneo. Su obra contribuye, además, al fortalecimiento y desarrollo cultural de nuestra región.

  


 JUAN CARLOS ÑAÑAKE

Por: Sigifredo Burneo Sánchez

Vicepresidente Académico

Universidad Nacional de Frontera. Piura 2026

Hay en nuestro mundo personas dotadas con un espíritu muy sensible, capaces no solo de mirar el mundo sino de transformarlo; no necesariamente con   acciones de carácter social pragmático, sino fundamentalmente, ofreciendo percepciones perturbadoras de las imágenes cotidianas. Son artistas excepcionales, cuyas obras perduran en el tiempo y traspasan límites geográficos porque un poder metafísico fluye de ellas.

Es el caso de Juan Carlos Ñañake, pintor originario del norte peruano que ahora tiene reconocimiento internacional de artista debido a la calidad de sus productos estéticos. Es un pintor siempre interesado en mantener viva la memoria de los ancestros prehispánicos, con sus costumbres culturales específicas y sus condiciones particulares de colectividades humanas.

Ñañake nos ofrece una visión multicolor de imágenes donde se superponen elementos humanos con elementos de la fauna y flora del pasado histórico, pero matizados por la interpretación del tiempo y el valor cultural de las transferencias multiétnicas. Es una obra que, a primera vista, puede ser calificada como caótica, pero, precisamente, parte de su valor reside en recordarnos que la memoria colectiva se diluye y reaparece convertida en obra artística cultural, de carácter irrepetible por el aporte de civilización y de refinamiento psicosocial.

Admiremos esta retrospectiva del autor, con atención, con afecto, y saldremos seguramente impactados por las formas y colores en que nuestra confusa historia patria trata de mantenerse vigente y salir adelante sin renunciar a sus mitos, tradiciones, creencias, frustraciones y luchas por la supervivencia.

  

  


 EL TRAZO DE LA MEMORIA

Por:  Julio Quitama Pastaz Mg. Sc.

Artista Plástico y ex Docente Universitario. Loja, julio 2026

El Universo Visual

El arte visual en la actualidad visibiliza la pluralidad de propuestas experimentales, reflexiones políticas desde diversidad contextos, ensayan posibles horizontes sobre el futuro del arte, a la vez que es disímil, es muy polémico y complejo determinar hacia donde está orientado y cómo los artistas logran posesionarse de manera individual o tratan de ser parte de los círculos artísticos globales.

Juan Carlos Ñañake Torres, artista visual (Chiclayo, Lambayeque -Perú-), con una personalidad profundamente reflexiva, aprendió el lenguaje artístico desde sus raíces culturales, con disciplina y proyección. Su formación académica y experiencia vivencial determinan sin duda un camino a seguir, actualmente cuenta con una amplia y fructífera trayectoria artística realizando importantes exposiciones, obras artísticas en colecciones particulares, galerías y museos a nivel nacional e internacional; reconocimientos muy merecidos por su empoderamiento cultural y vocación artística para estructurar un sistema semiótico en el que convergen códigos visuales con una singularidad e inéditas características en el dibujo, pintura, grabado, escultura y pintura mural.

Su lenguaje artístico -figurativo-abstracto- tiene su origen en las culturas del norte del Perú, contexto muy rico para el análisis, allí se observa un marcado compromiso con la memoria ancestral -espiritual-sensible- de su comunidad. Fue y continúa siendo el escenario de convivencia idóneo para su producción artística en donde está presente el relato histórico con una base documental fundamentada y un trabajo técnico-artístico. Sus personajes cuentan historias, los reinterpreta desde su entorno y perspectiva latinoamericana, demostrando que la realidad nunca es definitiva, que puede ser releída, desplazada o reinventada, está consciente que el futuro nace desde las narrativas del pasado, porque la identidad cultural no es un límite, sino una fuente de innovación permanente.

Piura, es la ciudad para presentar esta exposición retrospectiva que reúne más de 40 obras artísticas que incluyen dibujos, pinturas y grabados, es la evidencia de un artista que se mantiene vigente a nivel local, nacional e internacional, con más de tres décadas de producción artística de incesante búsqueda, generando propuestas, planteándose nuevos desafíos, y cuestionando las fronteras físicas y artísticas en el contexto global.

Las Impresiones

J. C. Ñañake es de aquellos artistas que perciben y trabajan desde nociones culturales, antropológicas y semióticas. Este universo simbólico visibiliza una visión profunda sobre la herencia cultural y la modernidad artística, en donde lo existencial y poético se entrelazan para identificarse con un discurso ancestral - contemporáneo muy propio del autor.  Estar frente a sus obras promueve un prolífico diálogo, auténtico y veraz, con la tradición cultural, los saberes comunitarios, la espiritualidad, las memorias compartidas, las historias locales, la convivencia social -la familia- y hasta tensiones políticas específicas de carácter contestatario. Estos microuniversos conviven, no se anulan; por el contrario, se fortalecen, quedando allí representados y expresados en su producción artística.

 

En sus obras, estructura sistemáticamente los componentes del contexto simbólico (el mundo precolombino, lo sagrado, la mitología, los diseños textiles, los objetos cerámicos y la naturaleza, entre otros) para conocer, contemplar, reflexionar y facilitar un significado posible. De esta manera activa el pasado, realizando una relectura de lo ancestral, pero también encuentra lo humano al evocar o crear personajes que reflejan emociones diversas: desde la calma y la reflexión hasta energías vivenciales-espirituales, demostrando que su propuesta va más allá de plantear una estética única.

Sus creaciones reflejan un sincretismo cultural y espiritual enraizado en los diferentes contextos latinoamericanos. Sin renunciar a la modernidad, sus piezas no están hechas para decorar el presente, sino para ser interrogadas a través de nuevas miradas.

 El Proceso Creativo y La Ritualidad

Para Juan Carlos Ñañake, la relación cercana con su cultura permitió encontrar una herramienta idónea para liberar trazos, formas y colores con una pregnancia empírica y posteriormente técnica, para construir su lenguaje artístico que implica un proceso-ritual que no complejiza el hacer menos su lectura.

En sus composiciones, la geometrización suigéneris de sus personajes y formas logra una gestualidad marcada, dramatismo ritual y rasgos neo figurativos expresivos que al trabajar con técnicas mixtas y una paleta discreta pero a la vez intensa con colores determinantes como el rojo, negro, ocres, grises neutros y otros, configura un ensamble de formas, planos,  con  ritmos lineales, texturas visuales y contrastes de luz – sombra, esa luminosidad interna hace que las imágenes parecen surgir  desde el interior del soporte, estos recursos técnicos-estéticos enriquecen visualmente su praxis simbólica creando una sinfonía visual que conjuga lo ancestral, lo humano, la naturaleza,  en un escenario mental - sensible.

Sus obras artísticas no solo están realizadas para una plácida contemplación, su capacidad de síntesis permite leer el pasado y el presente a través de códigos, cada elemento participa en un proceso de cambio constante que refiere su compromiso identitario, estas características consolidan su lenguaje artístico inconfundible que no está por encima de las mentes creativas del pasado, hace que los símbolos prehispánicos se encuentren vivos como parte de los lenguajes artísticos-gráficos contemporáneos, potenciando una nueva identidad visual; entonces no hablamos de una recuperación ornamental-decorativa; reflejan la continuidad de la memoria ancestral y la creación artística actual, porque cada obra es un universo abierto.

Especial mención son sus murales en donde registra de manera perenne su cultura, historia, lo social, la política y lo ambiental desde dos miradas, la ancestral y la del artista en un proceso de revalorización del legado cultural inspirado en la cultura simbólica de sus ancestros y el testimonio de la realidad social actual, todo se constituye en un patrimonio artístico que refleja el talento y la fuerza creativa de un artista multidisciplinario que trasciende a sí mismo para expresar sentimientos y tensiones hacia nuevas miradas estéticas.




Canto a la Paz

Por: Dr. Víctor Velezmoro Montes

Universidad de Piura. Julio 2026

Las obras que conforman esta serie denominada “Canto a la Paz” refieren a un grupo de pinturas realizadas en el lapso de varios años y que mantienen como un poderoso hilo conductor: que la paz no es algo que se otorga, sino una aspiración, un deseo, un derecho que se exige, que se obtiene.

Los personajes de Ñañake que viven en estos lienzos no están inertes, sino que forman grupos, pequeñas sociedades (de a dos, a tres o más) unidos por unos pocos, pero vitales, aspectos externos como la línea de sus formas, el color de sus carnes, la complejidad de su composición, pero también la desolación de sus miradas, la amargura contenida en sus semblantes, la angustia y el sufrimiento compartido… Todos estos aspectos, visibles al ojo del espectador, se ven integrados, vinculados dentro de cada grupo y entre los grupos, por el lienzo blanco, a veces extendido, en otras, retorcido, pero que es uno y el mismo que se desliza entre los personajes, conectándolos, vistiéndolos, uniéndolos.

Predominan las figuras de cariz femenino, marcadas por los enormes ojos de cierva y el cabello negro brillante, a veces cubierto pero la mayoría desenvuelto. ¡Son mujeres! Mujeres que desde sus distintas situaciones: núbiles, místicas, grávidas, fértiles, aspiran, marchan, danzan, buscan encontrarse, unirse, enlazarse por la paz. Esa paz que para muchos sigue siendo esquiva, pero que es un derecho universal.

Esta serie “Canto a la Paz” del pintor Juan Carlos Ñañake, por otro lado, hace homenaje a los grandes artistas del expresionismo latinoamericano, como también a Picasso de quien recoge la iconografía del anónimo “monigote” para representar al pueblo, en su doble situación: como objeto de las falencias y ausencias de un estado que los olvida, y como sujeto de una comunidad con lazos firmes y de quien se siente parte.


   

Canto a los Desaparecidos

Por: Héctor Efraín Rojas

Antropólogo-Cpap 1631. Ayacucho, julio, 2026

A veces las estéticas comienzan desde el formato de un catálogo, cuando el autor de una exposición cree conveniente hacer un repositorio de su obra. Y cuando eso sucede, el autor debe haber ya conocido que, un catálogo es como la síntesis que articula la exposición con el usuario de las estéticas. Es ese binomio, que se gestiona como un preludio para hacer la ritualidad de una mañana, de una tarde o de una noche. Y el cuadro, como objeto de la cultura protagoniza una diversidad de diálogos y pensamientos que hacen extenso eso que Julián Marías nos enseñó en sus tratados de cultura: que ella (la cultura), es la posibilidad de lo imposible.

Otro tópico que precede a una exposición de estéticas es que, entre el creador y el público existe a veces una dualidad permanente, que busca un encuentro liminal. O sea, una conexión donde ambas partes se cohesionan en tanto subjetividad y subjetividades, deseos y poder. Y porque el artista es una posibilidad de lo imposible, la creación se constituye e instituye como un objeto de la cultura que hace factible la vida, el recuerdo, la historia, la recuperación y la memoria.

Y porque somos algo así como una distorsión de la vida, buscamos la continuidad o el resumen de la cuestión previa. Y es la cuestión previa el rastro que nos convoca a la averiguación de nuestra otredad, como alcance de lo posible y como alteridad que prolongue una totalidad más uniforme. Así, obra de arte es a estética como sujeto social a construcción ontológica poder y deseo.

Juan Carlos Ñañake Torres alcanza esa dualidad en la vida contemporánea porque asume una estética que tiene que ver con el proceso precolombino, una imagen a veces recurrente y otras pasadista y áspera sobre lo que aconteció en la vida peruana, sobre todo en los estadios de conquista. Y asume la metáfora como herramienta clave de un discurso estético que usa la representación simbólica, tiestos como de una arqueología de la pintura que bien puede tener un sentido de ubicación cartográfica: el gran chimor o los señoríos del norte, imágenes de una cavilación que a veces acontece desde lo real y otras desde la ensoñación.

Pero de pronto el autor salta a otros escenarios, a una territorialidad de lo cotidiano y el espacio doméstico, a esa urna de la vida que es el fuego del amor y lo simple. Y entonces aparece en la dimensión más concreta de un artista que escinde el tiempo y lo consagra a una habitación donde el procedimiento de la vida es breve, con escenas marcadas por la identidad (diría con la mismidad del ser y su entorno, con el yo en nos-otros).

Ñañake Torres produce una estética del espacio interior, de la vida plena en el espacio doméstico y fusiona ese fin con una territorialidad del espíritu y la memoria que alcanza sentidas conmociones porque atañe lo que esa otredad no ha podido descifrar ni comprender. Los cuadros de Juan Carlos Ñañake Torres concretan ese deseo de poder y esa metafísica de lo profundo: alcanzan una proximidad de espacio tiempo de lo imposible. Hemos dicho que la cultura es hacer posible lo imposible y en estética la posibilidad es un territorio que pretexta un cuadro, una escultura, un mural para producir emociones diversas y crear planos no convencionales que lleven al sujeto social a un sentido de elevación, de acrofilia. Y dentro de ello, a modo de una militancia de lo que abunda (creer en ella como una categoría antropológica), sostener que el artista evoluciona y revela en esta muestra su sentido de poder y su abundancia.

Y porque la abundancia es el sentido de los pueblos andinos y costeros del Perú, como principio elemental de la vida, Juan Carlos Ñañake Torres, traza el camino de esa necesidad como para dejar ver que el pasado no está tras la espalda, sino que está adelante. Y esa prontitud revela cómo nuestras culturas se han ido gestionando y reinventando y cómo los artistas las han ido interpretando. Y por eso, he creído que la obra de Ñañake Torres es en un sentido práctico una obra que impele a la refundación de todas las patrias. Algo de eso que Wayasamin planteaba en su explicación latinoamericana sobre el hombre, la vida, el amor, la historia y sus desdichas; allí en su apoteósico museo “la capilla del hombre”, como una necesidad en la historia de Latinoamérica y su redención.

Y en esa redención definir lo que es memoria como categoría científica que sea el estrato, la evidencia de una necesidad para la historia peruana, tan llevada al conflicto y la demencia, al odio y la afrenta. Ñañake Torres adiciona a su catálogo de estéticas una etapa de serenidad en la vida contemporánea de los peruanos, pero no menos inquisidora: CANTO A LOS DESAPARECIDOS, como una proposición que emerge desde su estado más lúgubre. Ya no la etapa de la evocación de pasado prehispánico sino de un acontecimiento contemporáneo. La desaparición como estética que aspira ordenar el mundo, plantearlo como dispositivo de observación, como reflejo del tiempo que en los últimos años de finales del S.XX sucedió en Perú y otros países del continente (su revés es la aparición, el retorno). Es un síntoma social que exige un sentido de lealtad y conveniencias.

No es lo mismo cantar a la desaparición que ser o tener un desaparecido en casa. Ñañake Torres está atreviéndose a pintar la etapa del dolor más reciente del Perú, a través de una estética reflexiva y prudente, sin otra militancia que no sea la de la vida y la necesidad de lealtad. El canto de los cuadros que se encienden como un cirio de luz tenue, la dificultad de un andar que precede la herida, el bálsamo final como una perduración al medio de una línea de tiempo que solo ha sido reportada como prueba postmortem en este país donde hay una leyenda que nos habla de una procesión de muertos, que una curiosa mujer, al escuchar la fanfarria, se asomó por la rendija de su ventana y a ella, como un privilegio se le acercó un difunto y le hizo entrega de un fémur. Es ese fémur el que el arte de la pintura le ha dado a Juan Carlos Ñañake Torres, como la cruz que llevó a cuestas, la madre de Arquímedes, el joven ayacuchano desaparecido, que buscó toda la vida con su fotografía en el pecho, haciendo su propia y patética procesión y orfandad. Y quizá por eso, el artista; en esta revelación del fémur simbólico, del cráneo agujereado, del brazo mutilado y el dedo sangriento, del tórax separado de sus extremidades, sea en sus obras la liminalidad de tránsito hacia la redención que aspiran los peruanos. Entonces diremos que la maestría no es un cliché sino un resultado de madurez y de época. Y que la pintura y la estética tampoco son adornos ni emosignificaciones sueltas sino esfuerzos y convencimientos que solo alcanzan los que perseveran en el yo el colectivo.

Pero ¿en qué momento se puede dilucidar el peso de un artista y su obra, su trascendencia e intrascendencia? ¿Cuándo pasan los años? ¿Cuándo emerge el convencimiento mediático de que el artista es el que ha ganado todos los premios? ¿Cuándo lo hegemónico determina seguir su obra, que viene desde una posible residualidad estructural y ha ascendido a las galerías del poder y el espacio? O cuando el creador de estéticas ya ha traspasado las tensiones y la intensidad de la creación y ha alcanzado la ventaja de la verdad y la algarabía.  Ñañake Torres va por allí, como un mural que se pinta solo con el pigmento de la vida.

 

 




 








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